
Quiero contarles la historia de un señor, de esos que nacen con fuerza y valor. Forjado en el campo, entre tierra y sudor, con el alma de acero y un gran corazón. Lencho Alemán lo conocen por nombre. Hombre derecho, palabra de hombre. Con manos curtidas de tanto luchar, de esos rancheros difíciles de igualar. Antes que el sol, ya ensillaba el caballo, cruzando veredas sin miedo al trabajo. Sabía de gallos, del campo y ganado. Porque el sacrificio fue su mejor legado. Su mirada era recia, difícil de entrar, la vida le enseñó primero a desconfiar. Pero nunca torció del rumbo, porque un hombre de campo aprende a aguantar. Los años pasaron cambiando el paisaje, pero jamás le quitaron el coraje. Hoy son sus nietos quienes cambian su expresión, le sacan sonrisas desde el corazón. Aquella mirada que imponía respeto, hoy tiene ternura, cuando mira a sus nietos. El mismo ranchero, de carácter sincero, hoy regala sonrisas con el corazón abierto. A sus casi setenta sigue trabajando, como si el tiempo apenas estuviera empezando. Porque el ejemplo no se explica con la voz, se demuestra en la vida y delante de Dios. Esta fue la historia de mi gran viejo, de Lencho Alemán, un hombre de respeto. Su legado no termina cuando acaba la canción, porque vive en su apellido y en cada generación.

